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La economía del sueño da la espalda a la realidad

Alejandro Dumas cita en la novela el Conde de Monte-Cristo: “toda la sabiduría humana se encierra en estas dos palabras: confiar y esperar”.

Cuando el riesgo está medido y sabemos cuál es la situación donde nos encontramos, estas palabras indican el principio de la acción realizada. Cuando vivimos autoengañados, a espaldas de la realidad global, estas palabras tienen otro sentido, marcan la desidia, la indiferencia, frente a una situación que cambia sin saber el modo de atajarla.

Desde hace años, en España venimos disfrutando de un nivel de vida asentado sobre el ahorro exterior. Todo al amparo de bajos tipos de interés que actuaron como anzuelo sin que la entidad reguladora responsable, supiera aminorar. Ahora sufrimos las consecuencias, los particulares con un elevado endeudamiento personal, las entidades financieras con elevada morosidad, otras con problemas de solvencia. Los ayuntamientos endeudados, sin manera de financiarse. Deudas de las que entre todos somos responsables, que debemos pagar, nos guste o no. Pensamos que lo público nos era ajeno, mostrándose, extrañamente, enfrentado a lo privado.

El problema es que debemos pagar el deslucido ahorro exterior, gastado en consumir, ya que no es posible pagarlo mediante un aumento de la productividad. Todo esto nos lleva, forzados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comunidad Europea, a solucionar el problema sin dejar a un lado el mercado laboral.

La economía del sueño marca sus límites y dibuja una nueva realidad. Esta dependerá de cómo sean capaces de comunicar la situación y cómo la alcancemos a entender entre todos. Vista la actitud de muchos medios de comunicación, donde la nota dominante es la ausencia de reflexión, el problema parece de difícil solución. Resulta sencillo buscar un culpable antes que mirarnos el ombligo y entender la tesitura para acotar el problema.

Vivir en comunidad comporta estos inconvenientes, uno la hace y entre todos la pagamos.
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Manadas de lobos perpetuando la economía del sueño

El rescate del euro no es una entelequia, una defensa frente a males mayores, una protección para los países más débiles. No, es una protección frente a lo que se avecina, o al menos, parece que se estaba preparando. En palabras del ministro sueco de Finanzas Anders Borg, “el comportamiento de manadas de lobos” protagonizado por los especuladores de los mercados de capitales. “Si no detenemos a estas manadas, harán pedazos a los países más débiles”, justificando el Plan de rescate. Añadir que también corren peligro los aparentemente más fuertes por la estrecha relación que mantienen con las deudas soberanas. 

En este Plan, el Fondo Monetario Internacional (FMI) participa con 220.000 millones de euros, de los 720.000 comprometidos, actuando como supervisor de los ajustes de cada país afectado. Por otro lado, el Banco Central Europeo (BCE) funcionará comprando los bonos emitidos por el país necesitado, facilitando liquidez junto al banco central correspondiente. 

Cabe preguntarse si el problema ha sido resuelto, la respuesta es no. Aunque ha brotado otro problema como es el de la política fiscal común, hasta ahora inexistente, que deberá ponerse inmediatamente en marcha. Problemas conocidos, difíciles de solucionar, que muestran el mal funcionamiento de la política común. Dando lugar a una actuación acelerada de costes muy altos para todos. 

Grecia parará el golpe, deberá realizar fuertes ajustes, permanecerá controlada o supervisada sin posibilidad de maquillar sus cuentas. Los problemas de Portugal y España esperarán hasta el verano, donde se pondrá a prueba el mecanismo de rescate aprobado. Por nuestra parte, si hacemos los deberes, controlando el gasto público y presentando unos presupuestos generales ajustados todo se mantendrá igual. Sin cambios. Algo desastroso para la economía y para todos aquellos que deseen llevar adelante nuevos proyectos. 

Me pregunto si después de esta experiencia debemos tirar de las orejas o despedir, entre otros, a los responsables del Banco de España (BdE) que no han sabido poner fin a situaciones sobre las que tienen información y por tanto, sobre las que pueden actuar. Todo parece indicar que ese traje de independencia que les entregaron no funciona. Ahora sabemos que aquello que no funciona, se seca y se cae.
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